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En video | Recicladores y carretillas: un duro oficio que va en aumento

En Barranquilla más de 2.600 personas que se dedican a este oficio salen a diario a rebuscar materiales entre la basura.

El ‘jugo’ maloliente y viscoso que se desprende de algunas bolsas de basuras, un líquido que da asco al mínimo contacto, no es algo que les importe demasiado. Mucho menos la centena de larvas que eclosionan de los huevos de mosca y que se nutren de estar en un ecosistema lleno de material orgánico en descomposición.

El excremento, los esqueletos de animales muertos y restos de comida podrida, que al principio socavan el estómago de los novatos en el oficio, dejaron de ser el mayor riesgo en su día a día, pues –a su juicio– su labor, la cual defienden a capa y a espada pese a la gran estigmatización, se alinea cada 24 horas por un camino lleno de fatalidad donde se juegan la ruleta rusa en cada recoveco donde meten la mano.

Todo lo anterior, por más nauseabundo y poco higiénico que luzca a priori, ocupa el rango más bajo en el escalafón de lo complicado de sus tareas.

El mayor peligro radica, según ellos, en las docenas de agujas que se encuentran, con las que se pinchan los dedos cada tanto, los restos de vidrio que han ocasionado graves heridas a un viejo colega, la intolerancia de algunos vecinos cuando los ven y la irresponsabilidad de conductores que se los han llevado por delante en plena vía y que ha hecho trizas más de una carretilla.

Lo cierto es que lo que para la mayoría de la sociedad representa simplemente un desperdicio, para los recicladores es una oportunidad de dinero. Lo que para la cabeza de un hogar solo es una bolsa llena de tarros vacios de champú o gaseosas, para ellos puede ser un kilo de Pet (botellas transparentes) o pasta (tarros) que les puede dar 500 pesos de ganancias, según negocien.

En resumidas cuentas, entre más desperdicio de cualquier cosa (papel, cobre o aluminio) que puedan encontrar en la calle, mayores son sus oportunidades de conseguir comida, poder pagar el arriendo y, en algunos casos, satisfacer sus necesidades de consumo de sustancias psicoactivas.

“Yo me he encontrado desde plata hasta ropa. La última vez que me encontré plata fueron 60 mil pesitos. Le compré una mudita de ropa a mi mujercita y a mí, pero de nada me sirvió porque la plata se me acabó, seguí reciclando otra vez y la ropa se me ensució”, contó Brayan David Torres Salas.

Problemas
Mery Granados Herrera

La crítica situación económica que afrontan muchas familias de la ciudad, el desempleo generado por el déficit en ingresos que ha dejado la pandemia por la Covid-19 y la alta migración de venezolanos hacia Barranquilla son tres factores que ha obligado a que muchas personas se decidan a rebuscarse el pan de cada día como recicladores, un éxodo que ha empezado a generar problemas en varios sectores debido a que en ocasiones la demanda de reciclaje no es proporcional a la de los que se dedican a este oficio.

Según información entregada por el despacho de la Primera Dama, en Barranquilla hay aproximadamente 2.560 recicladores, pero la cifra ha aumentado considerablemente en los últimos meses. Por otro lado, hay al menos 19 asociaciones de reciclaje registradas en la superintendencia de servicios públicos, unas agremiaciones que, según cuentan recicladores del sector de El Boliche y Rebolo, han generado discordia entre los ‘cachivacheros’.

“Ahora todo el mundo quiere reciclar. Hay unas asociaciones que muchas veces nos prohíben trabajar en algunos barrios y no entendemos por qué. Me duele cuando los dueños de la casa me dicen que no puedo recoger la basura porque otros pasaron y rompieron la bolsa”, dijo Karina García.

“Es muy duro. A veces llega uno a las 2 de la mañana y no se hace nada. Ahora, con tanto venezolano, le quitan los edificios a uno y no lo dejan reciclar”, agregó Elena Emperatríz Gutiérrez Villalobos, quien asegura que trabaja en el reciclaje desde hace 15 años.

Agujas y gusanos
Mery Granados Herrera

Las extensas jornadas de los recicladores –que en la noche tienden a ser menos– tienen sus episodios oscuros y llenos de dolor. Los varios kilómetros que recorren con gigantes bolsas, sillas, mesas y hasta escaparates, toda una labor titánica que genera gran fatiga, son situaciones complicadas, pero que no acaban con sus límites físicos o mentales.

Lo que verdaderamente les aterra es encontrarse con gusanos, vidrios, carros sin control y algún miembro de la comunidad que, con arma en mano, les ha impedido continuar con su labor.

Lo más complicado es que me corte o que me puye con una inyección. Tengo unas cositas en los dedos por eso, pero tengo que hacerlo para lograr subsistir con mis tres hijos”, dijo una recicladora por el sector de Villa Tablita.

Los cortes con agujas viejas, pocas veces tratadas por un médico, no es lo más grave. Se acostumbran e ignoran si se han contagiado de una enfermedad grave y continúan sus jornadas, que la mayoría de las veces son frenadas por la picada de un bicho.

“Una vez estaba reciclando bolsas y me picó un gusano y duré varios días varada. Uno encuentra porquerías y toca sacudirse las manos llena de gusanos”, explicó Elena Gutiérrez.

Cifras bajas

 En la carrera 43 con calle 29, sector de El Boliche, en el centro de Barranquilla, llegan a diario cientos de recicladores que, obligados por el hambre, la falta de oportunidades y/o el desempleo, arriban con sus cargas para buscar unos cuantos pesos, pero tras la pandemia los ingresos bajaron y los dueños de los depósitos aseguran que la situación está complicada.

“A veces llegan 80 o 20, depende. Aquí recibimos a cualquiera. Aquí vendemos semanalmente a los mayoristas. El cobre no se está vendiendo tanto porque no se está exportando. Aquí llegan todos los días con historias diferentes. La nueva es que la cosa está dura y que necesitan que les colaboren. A veces uno les presta y no alcanzan a pagarlo. Lo que más le pedimos al Gobierno es que nos ayude porque los materiales están bajísimos”, reconoció Nicolás, dueño de un deposito, quien asegura que en una noche buena puede recolectar hasta 500 kilos de chatarra.

Datos En cifras
  • 400 pesos pagan en los depósitos por el kilo de plástico o de pasta, en el centro.
  • 500 kilos de chatarra son considerados como una buena compra.
  • 19 asociaciones de reciclaje están registradas oficialmente en Barranquilla.
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