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Barranquilla

En video | “Al muerto hay que tratarlo bien, que se sienta querido”

Personal de las funerarias de Barranquilla relata cómo afrontaron la crisis por exceso de muertes debido a la Covid-19.

Un reguero de cuerpos desparramados por todo el piso atiborraba la bodega de una clínica al norte de la ciudad. La mayoría ya estaban embalados con bolsas blancas y, solo dos, reposaban sobre unas camillas. Parecía una zona de guerra, un lugar en el que la muerte predominaba sobre la vida de manera cruel e inesperada. Ahí, en medio de una treintena de cadáveres, Amparo Sarmiento Mercado, quien suma más de 15 años trabajando como tanatopraxista, sintió un poco de temor por la escena y pudo palpar, por primera vez, la estela mortal que deja una pandemia.

Sarmiento, de 56 años, prácticamente solo podía caminar por aquella morgue en puntas de pies. Nunca había visto apilados tantos cuerpos de fallecidos, pero mantuvo la compostura. Continuó su trabajo, aunque a diferencia de otras épocas, donde los atendía, les hablaba y hasta los “consentía”, no le pudo ver la cara a ninguno. La silueta que marcaban las bolsas reflejaba que aquellos cuerpos eran de distintas edades, sexo y contextura. La silueta de aquellos cuerpos mostraba que nadie está a salvo en esta tierra.

La compleja situación en las morgues generada por el nuevo coronavirus también llegó a sorprender a gran parte de sus colegas, quienes aseguran que antes de la crisis sanitaria actual solo atendían un promedio de seis cadáveres al día, una cifra, que a vuelo de pájaro y dependiendo la funeraria, aumentó a casi 30 cada 24 horas, según ellos.

“Antes habían funerarias que se peleaban por los muertos, pero ahora con la pandemia todo ha cambiado y hay trabajo para todos. Creo que es la primera vez que todas las funerarias de la ciudad han tenido tanto trabajo y nadie se ha quejado por tener los servicios”, manifestó un trabajador de la Funeraria La Paz.

Respeto a los muertos
En las velaciones solo se permiten 5 familiares. Johnny Olivares

Un sinnúmero de misterios envuelven al mundo de la tanatología (disciplina que aborda todo lo relacionado con la muerte y la ayuda psicólogica a los familiares de los seres queridos) y la tanatopraxia (conjunto de prácticas para preparar un cadáver). Los que practican estos oficios son personas que manejan curiosos rituales, que tienen miedos distintos y que, ante todo, respetan a los muertos por si en otra vida se los vuelven a encontrar. “Hay que tratarlos bien porque uno no sabe que hay en el más allá. Yo creo que ellos lo oyen a uno. A mí me molestan porque yo peino a los viejitos y luego los familiares me dicen que se ven más jóvenes. A mí me gusta ponerles bacanitos”, aseguró Freddy Rangel.

Antes de intervenir el cuerpo de un fallecido le ‘piden’ permiso a los cadáveres y, muchas veces por su nombre, les ‘explican’ el procedimiento que van a realizar. Lo que hacen podría verse brusco a primera vista. Hay cortes,   obstrucción de accesos, masajes para disminuir la rigidez, se acomodan las facciones, se extrae la sangre y se inyectan varios químicos para que el cuerpo del occiso tenga un tono más natural.

A todo lo anterior, se le suma una alta capacidad para soportar los gases y hasta algunas sustancias que expulsan los cuerpos post mortem.

Esas características se las dan los años de experiencia porque, como todo en la vida, al principio pagan novatadas. Sienten espíritus en todos lados, acumulan varias noches sin dormir y tienen malestares constantemente, luego de recordar el aspecto, el olor de la carne del cuerpo humano.

“Uno les dice por dónde va a hacer la incisión. Uno les pide permiso para tocarlos, diciéndoles que les va a cortar. Esas cosas se hacen con mucho respeto. Uno también ora y le pide mucha fortaleza a Dios para uno y para el familiar de la persona fallecida”, explicó Johanna Rodríguez, quien trabaja en la Funeraria La Luz.

“A veces si es una persona mala a uno le da miedo que el espíritu se le salga. A veces hay muertos malos y uno les suplica que se comporten. A veces no dejan que uno haga el procedimiento bien y dificultan todo”, manifestó un tanatólogo que prefirió omitir su nombre.

Nueva realidad
Johanna Rodríguez limpia su lugar de trabajo. Johnny Olivares

Tras la pandemia muchas de estas cosas han cambiado. La vocación de servir, ayudar y ser el faro de fortaleza para los familiares de los fallecidos ha quedado al margen. Por estos días solo tienen dos hojas de ruta: las de los cadáveres Covid y los  cadáveres por muerte natural. Con los primeros no tienen mayor contacto. Solo los forran en una segunda bolsa luego de que son  entregados por la clínica e inmediatamente los llevan en sus vehículos hacia los crematorios. Además, deben usar dos trajes desechables, adicional al que usan diariamente, tapabocas y guantes, para evitar contagiarse.

“Muchos se contagiaron en esos transportes y uno trabajaba mal”, dijo un joven trabajador.

Con los segundos el protocolo es más flexible. Los llevan a laboratorio de las funerarias, le quitan la ropa, los bañan, le realizan una incisión por la vena aorta o la vena femoral para inyectarles el formol que ayudara a preservar el cuerpo.

Luego los maquillan y hacen los arreglos correspondientes sin importar si es una muerte natural o violenta para, posteriormente, llevarlos a la sala de velación donde solo cinco familiares de la persona fallecida podrán estar durante dos horas, siempre y cuando, usen tapabocas.

“Antes yo abrazaba a los familiares y les sobaba la cabeza. Les ayudaba a afrontar el duelo, pero ahora no puedo. Solo les sobó la cabeza porque me da miedo contagiarme”, aseguró Amparo.

Impacto
Integrantes de la funeraria La Paz.

Luego de preparar tantos muertos es normal que la mayoría de tanatopraxistas y tanatólogos pierdan sensibilidad. La muerte parece ya no dolerles y, sin importar que el deceso del día sea algún familiar suyo, siguen manteniendo una compostura firme ante el fin en esta tierra de muchas personas, una ideología que ha cambiado por estos meses ante el crecimiento atípico de fallecidos que ocurrió en el Atlántico a causa de la Covid-19.

“La gente quiere ver a sus muertos y que no puedan es algo jodido. La gente grita y suplica que los dejen despedirse bien de sus seres, eso duele”, manifestó Iván, un tanatólogo que suma seis meses en este oficio.

“Solo tras algunas masacres en la Sierra Nevada  era que yo había vivido algo como lo de hoy. Se aterroriza uno por la magnitud  de las cosas. Lo más tenebroso es que mueran jóvenes o bebés, menos mal que a mí no me tocó vivir eso en la pandemia. Al final uno no tiene el corazón de piedra”, dijo Robinson Patiño, quien trabaja en Medicinal Legal.

La mortandad por la Covid ha disminuido y con esa reducción también sus salarios se han visto afectados. Ya las cuentas de cobro no son de $800.000 sino de $200.000. Ahora hay menos ‘voleo’, menos camillas con muertos forrados a la espera de ser transportados, menos familiares que se ofenden y lanzan improperios por el dolor y la frustración de no poder ver la cara de sus seres queridos.

Ahora, según ellos, las cosas han empezado a volver a la normalidad, aunque están precavidos. Muchos de ellos conocieron de primera mano la cruda realidad del virus que tiene en jaque al mundo y no quieren que la cosa vuelva a empeorar.

“El que aprovechó, aprovechó”, concluyó un tanatólogo.

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