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El titulo es:El trabajo de buscar cadáveres en las profundidades del río

El trabajo de buscar cadáveres en las profundidades del río

Joan Ocampo y Pablo Cáceres rescataron el pasado 13 de marzo a Melanie y Sebastián Coll Baquero, quienes cayeron al río cuando intentaron bañarse en sus aguas, en Palermo.

Pablo Cáceres y Joan Ocampo se preparan para sumergirse en el río Magdalena para una operación de búsqueda y rescate.

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Joan Ocampo y Pablo Cáceres rescataron el pasado 13 de marzo a Melanie y Sebastián Coll Baquero, quienes cayeron al río cuando intentaron bañarse en sus aguas, en Palermo.

Dentro de las aguas del río Magdalena, los buzos son ciegos. A través de sus manos sienten el terreno y su mente imagina lo que está en frente. Con las aletas sembradas firmemente en el lecho del río, caminan a un paso cansino, asegurándose de que algún tronco o piedra que arrastran las aguas sedimentadas no los atrape desapercibidos.

Esta experiencia la han vivido varios buzos: en septiembre de 2008, cuando 96 canecas de cianuro cayeron a las entrañas del Magdalena luego de que un ferry chocó en el sur de Bolívar. Durante una semana, diez buzos de la Armada Nacional se sumergieron en las profundidades del río para evitar una catástrofe.

O por ejemplo, lo que vivieron los marineros Joan Ocampo y Pablo Cáceres cuando el pasado 13 de marzo intentaban rescatar el cadáver de Sebastián Coll Baquero, un niño de 5 años que se ahogó junto a su hermana Melanie en el corregimiento de Palermo en Sitionuevo, Magdalena.

Los niños habían estado bañándose en las aguas del río, pero la superficie traicionera, de abruptos e inciertos huecos, había sumergido a Sebastián en los 11 metros de profundidad que tiene este punto específico. Melanie quiso salvarlo pero el intento le costó la vida.

Eran las 3:45 de la tarde cuando los buzos profesionales de la Armada llegaron a la orilla del río cerca de la motobomba que surte al corregimiento con agua. Se habían presentado para relevar a una pareja de buzos que a las 11:15 de la mañana había encontrado a la niña de 9 años. Después de seis horas de búsqueda, el nitrógeno residual comenzó a hacer sus efectos, le causó mareo a la pareja, y llamaron a Cáceres y a Ocampo para que, con una perspectiva nueva, se hicieron cargo de la búsqueda.  

La preparación 

El grupo de trabajo para un rescate como este caso está compuesto por tres personas. Un supervisor, el cual está en la lancha zódiac observando las líneas de vida, como llaman a la cuerda que atan a la espalda de quienes se sumergen.

Junto a él están los dos buzos. Su indumentaria consiste en un tanque de oxígeno que pesa 20 libras. Aguanta, dependiendo del ritmo respiratorio y la profundidad de la sumersión, de 20 minutos hasta tres hora. Está amarrado por un chaleco que tiene un regulador de aire para inflarse automáticamente y de esta forma asistir en el ascenso del buzo. Un cinturón de cinco pesas de dos libras cada una para ayudar al descenso y la careta de protección completan el uniforme.

Las ‘ranas’, como llaman a los buzos, permanecen amarrados entre ellos por otra cuerda, que previene la separación de los buzos ante cualquier movimiento de la corriente, y además sirve para la comunicación certera entre ambos.

De esta forma se sumergieron Ocampo y Cáceres al agua. Utilizaron el método de la búsqueda circular teniendo como punto de referencia el lugar donde hallaron a la hermana. “Uno se queda como eje y la otra persona empieza a circularlo. Poco a poco se aumenta la circunferencia”, explica Cáceres con el característico hablar rápido de la dicción cucuteña.  

Algunos de los troncos que mueve la corriente se quedan incrustados al disparejo suelo del río y crean un astilloso bosque acuático. Lado a lado hurgaban entre troncos y piedras trazando un camino mental de dónde habían buscado. “Por más que uno lo haga, tiene una carga emocional muy fuerte saber que estás palpando, esperando tocar un niño de cinco años”, dice Ocampo.  

El curso que entrena a buzos militares se encuentra en la Escuela de Buceo y Salvamento en Cartagena. Luego de 14 meses de entrenamiento, 12 de 90 aspirantes son elegidos para pasar la mayoría de sus días en el agua. En esos meses, cuatro de las materias están dirigidas a técnicas de búsqueda bajo la nula visibilidad del río. Tal y como lo describe uno de los instructores de buceo de la Armada Daniel León, “aprendes a ser ciego, sordo y mudo”.

“Ni siquiera poniendo la mano sobre la careta la alcanzas a ver”, describe León la claridad en este cuerpo de agua. En el mar, por ejemplo, dependiendo de la profundidad, la visibilidad oscila entre los 5 y 10 metros a la redonda. En la Academia también les enseñan a aguantar la respiración hasta tres minutos y cómo identificar irregularidades en el suelo cuando caminan sobre él.

Y, aún cuando entrenan para todas estas circunstancias , “la realidad siempre supera a la práctica”, complementa el marinero Ocampo.

Un buzo se lanza a la piscina de la Escuela Naval donde hacen sus práctica
Un buzo se lanza a la piscina de la Escuela Naval donde hacen sus práctica

Buscando a Sebastián 

Entre la madera vieja que ese día tocó, Cáceres se topó con una sensación diferente. Inmediatamente jaló la cuerda que lo conectaba a Ocampo y este se percató de lo que sucedía. Lo sacaron de entre los maderos y dejaron subir al cadáver de Sebastián hacia la superficie.

Ascendieron lentamente para evitar el síndrome de descompresión, aquel que sucede cuando hay una disminución brusca de la presión atmosférica lo que hace que la sangre se llene de aire y el buzo muera al instante.

Sentían el jalonamiento repetido de la cuerda, señal que subieran lo más pronto posible. “La gente pensaba que no sabíamos que lo habíamos encontrado, esos segundos se nos hicieron una eternidad”, explica Cáceres quien se desempeña buzo de buques de la Armada Nacional que necesiten arreglos en el casco en su natal Cúcuta.

Al igual que Ocampo, Cáceres se encuentra de paso por Barranquilla haciendo un curso en la Escuela Naval de Suboficiales de Barranquilla. Ambos han perdido la cuenta de la cantidad de rescates, búsquedas de narcóticos, apoyos de seguridad e inspecciones submarinas han hecho a lo largo de sus carreras, pero sacan un estimado de, “mínimo seis sumergidas al día”. La del 13 de marzo era la sexta de ese día.

El capitán de corbeta y comandante del Grupo de Guardacostas en el Atlántico, Manuel Higuera, afirma que en lo que va del 2017 en “22 operaciones de búsqueda y rescate se han recuperado los cuerpos de 4 ahogados y 101 personas en riesgo de naofragio”.

“Es un trabajo silencioso pero nuestro propósito es salvaguardar la vida de las familias, que puedan cumplir su proceso de duelo junto al cuerpo de su ser querido”, manifiesta el comandante Higuera, quien luego de 20 años de carrera aún recuerda nostálgicamente el tiempo en que quiso ser buzo.

Cuando al fin pudieron salir del agua eran las 5:15 p.m. Cáceres y Ocampo llevaron el cuerpo del niño detrás de la lancha de la Armada, para que ninguno de los asistentes pudiera captar con exactitud el momento cuando lo colocaron en la cubierta.

Esperaron hasta que la familia reconociera el cuerpo y que el CTI hiciera el levantamiento para quitarse sus trajes. Así, terminada su jornada laboral, volvieron a la Escuela Naval. Al siguiente día tendrían otras seis sumersiones por hacer.

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