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El titulo es:El ‘parce’ vendedor de tintos en Villa Campestre

El ‘parce’ vendedor de tintos en Villa Campestre

La historia de Fernando Ramírez, un maestro de las calles colombianas.

 

Fernando Ramírez sirve un tinto en su puesto ubicado en una zona de Villa Campestre.

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La historia de Fernando Ramírez, un maestro de las calles colombianas.

 

Por Douglas Badel  / Estudiante de Comunicación Social

1962

Mi mamá sudaba frío. Mientras sobaba su vientre pedía que la llevaran a un hospital. Fue un año especial, mi madre estuvo seis meses sin tomar alcohol porque yo, su segundo hijo, iba a nacer. En un barrio de casitas de madera, por allá por el cerro, a treinta minutos de la plaza —a pie o en burro—, nací yo. Mi mamá era conocida en el barrio como una mujer bonita y amante al trago. Ella fue protagonista en varios chismes en fincas cafeteras. Se iba a planchar ropa o a lavar los trastes, y como era muy bonita los señores se fijaban en ella y le hacían el amor. A ella le gustaba.

Igual, ella se gastaba toda la plata en ron y aguardiente; en la noche venía con un hombre o no venía a casa; generalmente se quedaba en la cantina hasta que alguien la llevaba cargada en brazos hasta la puerta de su cuarto.

Nunca conocí a mi padre. Sé que llevamos el mismo nombre, Fernando. Su apellido lo desconozco porque él no me bautizó; lo hizo un vecino. Ese señor, que era de apellido Ramírez como yo, mantuvo a mi mamá hasta que llegó el padre de mis otros tres hermanos. Ese señor se hizo cargo, por ahí en lo mínimo, de todos nosotros.

Cuando uno crece entre violencia, aprende rápido. Aprender lento a veces puede ser morir. Por esa razón yo soy como soy, porque aprendí todo muy rápido en esta vida. En mi casa… tras de pobres éramos muchos, y por esa razón no fui al colegio. De mis hermanos Catalina fue la única que tuvo ese privilegio por ser la mayor. En tercero de bachillerato quedó embarazada y de ahí no volvió al colegio.

Aprendí a trabajar desde temprano. Iba a la plaza a embolar zapatos desde los 8 años. Usaba una camisa blanca que tenía un sobaco roto y que me había cocido mi mamá más de tres veces; tenía unos pantalones grandes de tela café que eran del hijo de una vecina. Iba con una cajita de madera negra y mi trapo azul para lustrar zapatos.

En la plaza de Chinchiná gané unos pesos y tenía para mis andanzas, o para no tener que pedir, pero sí poder ofrecer. Me fue bien lustrando los zapatos de cuero de los señores que iban a tertuliar y a leer el periódico en la plaza central.

Problemas siempre tuve, pero mi infancia fue pura. Además de trabajar como lustrabotas, hacía mandados en el mercado, y también cortaba monte. Con esa plata comía mi hermana menor y un hermanito que no era hijo de mi papá, pero que vivía con nosotros desde que tenía 6 años. Mi mamá casi nunca estaba en casa y yo hacía lo que quería. No tenía ley.

Crecí con mucha libertad. Era el segundo de la casa y mis hermanos menores eran como mis hijos. Un niño cuidando a otros niños. Esa fue la razón por la que no me fui del terruño, como lo hacían mis amigos aprovechando la primera oportunidad que se les presentaba. Se iban a Pereira, Medellín o Caldas. Cuando venían a Chinchiná me contaban sobre el bazuco y la marihuana. Estaban en una ciudad grande.

Acá en el pueblo la única droga que yo conocí fue el alcohol. Por mi mamá, por los vecinos, por la cultura, por andar siempre cerca de una cantina. Le quitaba la botella de los pies a los borrachos tirados en el piso en la mañana y me tomaba unos tragos. Aguardiente y ron.

En las fechas especiales, como Año Nuevo o mi cumpleaños —que es el 4 de marzo—, me compraba una botella y hasta le repartía a mis amigos… pero no a mis hermanos. Como mucho alguna vez les di un sorbo de vino de la botella que mi mamá tenía escondida en su pieza.

1974

Como nunca fui al colegio, me enseñó a leer Luis Guillermo Bonilla. Era pensionado del Estado y trabajó como profesor de ciencias sociales en Pereira. A su casa íbamos varios niños para tomar clases de lectura y escritura. Él siempre estaba al tanto de todos los niños de la calle, y tenía la fama de ser un hombre muy correcto. Yo lo consideraba un amigo hasta el día que me llevó a la Policía.

Con 12 años me ofrecieron ir a trabajar a Pereira. En la calle. Pero la plata que me ganaba por ahí no me alcanzaba para salir del pueblo. Entonces pensé en coger algo que no era mío y venderlo. Robar.

Como diría mi mamá: escuché al diablo.

Fui a visitar al señor Bonilla, su casa estaba en la esquina de la calle. Tenía fachada color azul y techos grises. Luis Guillermo guardaba objetos de una época ostentosa o, por lo menos, una mejor que la actual. Yo conocí sus tesoros: un reloj de cuerda que le regaló un político de su pueblo, plateado, y también unas joyas de oro y otros accesorios de plata fina que eran de su mujer. Alguna vez me contó que su mujer murió en el parto de quien iba a ser su primer hijo.

Llovía y él acababa de almorzar. Escogió un libro de pasta verde y dura del estante, no recuerdo su nombre, y me dijo que lo leyera y anotara las palabras que no entendiera. Cuando comencé a leer, sentado en la mesa de la sala, en una silla de madera y cojín de rayas que daba a la ventana, lo vi bostezando. Hará una siesta, pensé. Sentí cosquillas por todo el cuerpo, como si me tocaran con una pluma por la nuca. Me levanté sigiloso hacia el bifet de la sala, agarré un collar dorado y con las cosquillas en la espalda me fui corriendo.

Pasó el día y no logré venderlo. Los borrachos en las cantinas decían que era fantasía y no oro. Lo frotaban contra los bordes de la mesa y lo pasaban a otro borracho para confirmar sus conocimientos sobre joyería… Me fui triste para la casa. Gasté todo mi día en el collar y no tenía ni para un pedazo de panela. El señor Bonilla me estaba esperando fuera de mi casa; hablaba con mi hermana menor. Al verlo, ya no sentía cosquillas sino miedo. Mis manos estaban como recién sacadas de un refrigerador.

Él mismo me llevó a la Policía. Dijo que había robado joyas de valor incalculable, y que mi mamá era una alcohólica. Entonces entré a la correccional de menores de Pereira, el lugar más cercano en donde podía cumplir mi castigo. Mi sentencia fue: “Si usted quiere irse de aquí” barrer y trapear todos los días… Aunque no fue como lo planeé, estaba en Pereira.

1976

Según el reporte oficial de la Policía Nacional, Fernando Ramírez (él no quiere recordar su segundo apellido), apuñaló en dos ocasiones a un borracho que quería tocarle el pene. La verdad... el cuchillo entró más de diez veces, dice Ramírez.

Ese año y con apenas 14, nuevamente estaba preso. Cuando salí de la correccional, a los escasos 4 meses de reclusión, me puse a ser lo que sabía hacer: andar en la calle. Mi familia era la gente de la calle.

Dormí mucho tiempo en la Plaza Bolívar, cerca de la Catedral Nuestra Señora de la Pobreza. Por esa misma época mi madre murió, perdida en el alcohol y con una cirrosis descuidada.

Sin tener alguna razón para volver a Chinchiná, decidí que Pereira era mi casa. El negocio de la droga era cada vez más notable en el país y la plata en la calle se movía “como un tinto con pan de mantequilla un domingo en la mañana en Villa Campestre” de Barranquilla. Seguí robando, conocí el bazuco y heredé la debilidad de mi madre por el licor. Cuando cumplí 18 comencé a vivir con un amigo que era muy inteligente, y también un consumidor de marihuana empedernido. Estudiaba en la Universidad Tecnológica de Pereira y vivía cerca de las ollas de droga. Ahí nos conocimos, y así di a vivir con él. Eso me cambió la vida. Fumaba solo marihuana y nada de drogas duras. Comencé a trabajar de cotero, luego en un bar de mesero y más tarde de escolta. Como cotero, mesero y escolta siempre tuve una entrada extra con la marihuana que le vendía a mi amigo y a sus conocidos.

1994

Medellín me recibió a los 22 años. Mis años en Pereira se resumieron en mucho alcohol, fiestas, mujeres, marihuana y plata. Pero el derroche me dejó como llegué a Pereira… en la calle. Tuve una vida miserable; en el mundo de las drogas hay escalones y yo toqué el peldaño más bajo. Fumé telaraña con aspirina triturada y comí hongos con panela. Mendigaba plata. Ya ni trabajar me gustaba, solo quería satisfacer mis vicios. Siempre estaba en la olla con otros habitantes de la calle, fumando y soplando. Nos reuníamos en un patio grande con techos de zinc en los costados… era como un parqueadero de sopladores. Comía poco y andaba con ropa sucia.

En 1994 comencé a tomar decisiones que no había considerado hasta la llegada de mi primer hijo. Conocí a una mujer de la calle, igual que yo, que había conseguido una casa que hacía de olla en el barrio Antioquia. Ella se quedaba en la casa y yo salía con la mercancía. Bebía mucho licor y consumía drogas duras. Lo que siempre me dio miedo probar fue la heroína. Cuando mi mujer quedó embarazada dejé de vender drogas y comencé a visitar Alcohólicos Anónimos.

El 25 de octubre de ese año nació mi hijo. Mi decisión fue tajante: no volví a vender droga ni a consumir alcohol. Mi mujer, en cambio, no quiso dejar de venderla: era la única manera que le había resultado para ganarse la vida. Como ella misma dijo alguna vez: soy muy fea y muy amargada como para ser prostituta.

Con el cambio de vida quise mudarme de ciudad. Lo hice, pero no pude quitarle mi hijo a esa mujer. Ella me dijo que no me lo podía llevar a ningún lado. Hoy me duele haber quedado en la historia como un padre cobarde.

Llegué a Cartagena. Allí, en la iglesia católica de La Concepción, conocí a una hermana Bernardina. Ella me regalaba Biblias… muestras gratuitas que se regalaban en la iglesia los domingos, yo las vendía en los buses de ruta Ejecutivo y Socorro. Me la pasaba en la Bomba del Amparo, en donde comencé a comprar dulces y chocolates para vender en los buses. Cartagena me pareció una ciudad sucia, cara y muy caliente. Un año más tarde me fui. Un día cualquiera, estando en la Terminal de Transportes en el Pozón, me enganché en un bus destino a Barranquilla. Y aquí estoy, en sus calles.

2019

A las 3:00 de la mañana Fernando está despierto preparando los productos que venderá hasta el mediodía: 15 termos de tinto, tres de leche caliente y lo mismo de toronjil-canela-jamaica. En el camino compra cuatro paquetes de vasos —si es domingo cinco— y dos cajas de cigarros: Lucky Azul y Boston. También carga una bolsa de pan con mortadela y otra de uvas pasas, dos más de pan de mantequilla. A sus 57 años, usando jeans azul petróleo y una camisa blanca de líneas separadas y delgadas color negro, un poco abierta donde se ven un rosario color café y un collar con la imagen de la Virgen María. Va desde Urbaplaya a Villa Campestre.

Villa Campestre es un barrio que se ha hecho una y otra vez, y ahora en su mayoría lo conforman conjuntos residenciales. Es un suburbio cerca de Puerto Colombia, pero no lo suficiente como para confundirlo con el pueblo. Las personas que viven aquí están muy ocupadas en el trabajo, o son estudiantes pensionados; pensiones estudiantiles hay más de 50. El 1 de julio de este año se inaugurará, en la entrada del barrio sobre la 51B, un conjunto residencial de vivienda estudiantil: 162 apartamentos para 448 universitarios.

A las 6:00 a.m. en la esquina de la supertienda Olímpica se detienen los buses. Bajan muchas mujeres que trabajan en estas pensiones, o casas de familia. Cuidan niños, limpian casas y apartamentos. Lavan, planchan y recogen la mierda de pequineses y rottweilers por las tardes. Antes del trabajo, toman café donde Fernando. Él las hace reír con sus historias, les coquetea. Ellas, no todas, lo tratan de mi amor, mi vida, mi cielo y mi rey. Él dice que son la mejor visita, pero las peores clientes, porque pocas veces pagan lo que consumen.

Fernando es Parce, Paisa y Cacha. Así lo llaman sus clientes, que llegan desde las 5 de la mañana al café con pan de mantequilla. Tiene 14 años en este sector y todos lo conocen. Vende todos sus productos en un carrito de mercado que mandó a forrar con acero. En un costado del mismo, está su foto y la de José, un amigo que se hizo en Villa Campestre.

Muchos adultos mayores toman café donde el Parce, hablan de fútbol y política. A Fernando le gusta ese deporte, pero de política no sabe nada. Tiene un amor heredado por el Once Caldas y dos adopciones: Deportivo Pereira y Atlético Medellín. Cuando el tema versa sobre política dice que es uribista. Argumenta que ese señor es la chimba y el más duro. Explica también que Santos vendió el país pero no sabe a quién. La mayoría que lo rodea no está de acuerdo, carcajean y dicen que mejor se quede viendo fútbol.

El vendedor de tintos de Villa Campestre cierra turno a las 11:40 a.m. Forra su carrito con bolsas plásticas, prende un cigarrillo y va almorzar un pescado frito en el restaurante Los Almendros, cerca de la Universidad del Atlántico. Después de otro cigarro va con su carrito a casa. Es una piecita gris. En el piso un colchón y muchas almohadas, una lavadora en la esquina y tres camisetas de fútbol guindadas en la pared, y una colección de gorras guindadas en clavos de hierro.

Por las tardes, algunas mujeres que estuvieron tomando café con Fernando salen del trabajo, y lo visitan. Hacen el amor. No tiene ningún compromiso, solo el de poder “pasar un buen rato” pero nunca, como le enseñó su mamá: enamorarse y perder el corazón.

Fernando Ramírez (que no quiere decir su segundo apellido), visita todos los jueves a Alcohólicos Anónimos. En diciembre va a Pereira y se encuentra con su hermana mayor y con quien lo recuerde. Algunos días, entre las cinco y las seis de la tarde, llama a su hijo que vive en Medellín. Le gusta la Coca Cola para conversar y los cigarrillos marca Boston para escuchar boleros. Duerme 9 horas al día. Se le olvidó escribir, pero aún sabe leer.

Nos despedimos… no sin antes oír el jingle de su celular: “Al taller del maestro vengo….”, dice parte de la letra. Y Fernando, que advierte sobre los peligros de la calle, sí que lo es.

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