Cuidadores de carros: entre el agradecimiento y el rechazo

Los 205 parqueaderos registrados en Camcomercio son insuficientes para el parque automotor local y abren espacio para estos vigilantes que ganan entre $30.000 y $50.000 al día.

Luis Felipe De la Hoz
Ramiro Martelo, de 83 años, celebra la obtención de $1.000, entregados por uno de sus clientes en el centro. Luis Felipe De la Hoz
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Los 205 parqueaderos registrados en Camcomercio son insuficientes para el parque automotor local y abren espacio para estos vigilantes que ganan entre $30.000 y $50.000 al día.

Con la gorra negra sobre su pelo blanco, como un tablero de ajedrez poco convencional, el anciano pone los pies sobre el asfalto. Unos zapatos viejos, cuyas suelas están deterioradas debido a las altas temperaturas y a tantos años de uso diario, contrastan fuertemente con sus gafas juveniles, también oscuras como el gorro que lo protege del sol intenso. 

En un andén angosto de las cientos de calles que hay en Barranquilla, este hombre canoso, llamado Rafa por sus colegas, amigos y clientes, se asentó para ganarse la vida, o lo que le queda de esta. A sus 70 años, con sus hijos casados y siguiendo sus propios caminos, no tiene que preocuparse por llevar a casa el pan de cada día, solo por procurarse las tres comidas; aunque a veces le toque saltarse alguna.

Cuida carros, lo que no es una profesión, pero que lo llena de orgullo y alegría. Cuando Rafa se quedó sin empleo, vigilar vehículos en la calle pasó de ser una opción remota a una realidad inevitable. Así como casi todos sus colegas en Barranquilla, terminó apoderándose de unos cuantos espacios de parqueo por cosas de la vida, pues “nadie sueña con dedicarse a esto”.

Antes reparaba carros, los mismos que hoy vigila con los últimos vestigios de su vida, marcada por las largas jornadas de trabajo y por la tristeza profunda de una pensión que nunca existió, o de un descanso merecido para alguien de su edad. Aún con esa cruz encima, Rafa sonríe. Sí, con la dentadura blanca reluciente bajo la luz de la mañana, atiende a los conductores que dejan bajo su cuidado sus preciados vehículos. “Buenos días”, saluda. “Que Dios lo bendiga”, les dice.

Dentro del antiguo concesionario, hoy un local abandonado, tiene una pequeña carpa y un colchón inflable. En las noches, un poco después de la 1:00 de la madrugada, acomoda su pequeño cambuche, en donde duerme todas las semanas de lunes a sábado. Se levanta a las 5:00 de la mañana, se toma un tinto, y cuida carros todo el día, hasta que se apagan las últimas luces de los negocios cercanos.

“Yo antes reparaba carros justo en frente”, cuenta al tiempo que señala con su dedo índice un local comercial al otro lado de la calle. La piel de sus manos, así como la de sus brazos y el rostro, tiene manchas oscuras por el impacto del sol, pequeñas esferas negras que reflejan no solo el paso de los años, sino el peso de estos. “Cuando me quedé sin trabajo todos por acá me conocían. Entre esas unas muchachas que trabajaban en un concesionario que antes quedaba aquí, donde ahora sigo cuidando carros”, recuerda.

 

Un parqueadero en el centro de la ciudad.
Un parqueadero en el centro de la ciudad. Luis Felipe De la Hoz

Finanzas

Si el día es bueno, Rafa se puede ganar unos 50.000 pesos, restándole desayuno, almuerzo y comida, que se los compra a los vendedores informales de la zona. Su menú, si efectivamente le va bien, va desde el bocachico del restaurante de corrientazos de la otra esquina hasta el arroz de lisa de $5.000 que venden en la otra cuadra. Si la cosa no va tan buena, o sea que la jornada estuvo “barro”, le toca comer donde su amigo Guillo, que le vende menudencias por cuatro lucas, aunque le falte “el saborcito sabroso del pollo”.

“Mucha gente me trata bien, porque yo los atiendo con respeto y les deseo cosas buenas. Si no me dan plata yo no me amargo. Para qué ganarme enemigos, yo siempre tengo una sonrisa y trato a todos como mis amigos. Pero me toca tratar mal a los coletos, a esos no los quiero por aquí”, contó.

En el mismo sector de Rafa, sobre la carrera 53 entre calles 70 y 72, hay cerca de cuatro cuidadores de carros, todos protectores de sus propios espacios y -eso sí- respetuosos de los vehículos del otro. Para ellos, guardianes del buen parqueo, las fronteras invisibles entre sus parcelas están perfectamente divididas y estrictamente marcadas. 

“Ya todos por acá nos conocemos. Si alguno de los muchachos no tiene espacio en su zona y yo sí, por ejemplo, él le pide al conductor que parquee acá. Eso sí, todos sabemos que la plata le pertenece al cuidador de ese parqueadero (risas)”, contó Noel Quiroz, vigilante informal de vehículos.

 

Rafael Fábregas mueve un bolardo sobre la cra 53.
Rafael Fábregas mueve un bolardo sobre la cra 53. Luis Felipe De la Hoz

¿Fácil?

 Con un chaleco anaranjado fosforescente, sobre una camisa de cuadros manga larga, Noel cuida más de 50 carros al día. Por estar asentado frente a una notaría -explicó- le responde directamente al notario, que le permite trabajar ahí con la única condición de que los carros estén en orden y “bien cuidaditos”.

“Le gente cree que esto es fácil, que uno nada más estira el brazo, saca el trapo y le grita a los carros. Esta vaina cansa, compa”, dijo, mientras guiaba a un conductor a parquear una camioneta Ford en reversa. “Yo trabajo todos los días de 8:00 de la mañana a 6:00 de la tarde. Es difícil estar pendiente todo el día, moviéndose de aquí para allá y así sucesivamente. Casi siempre almuerzo con la cuchara en la mano y los ojos pendientes de lo que pueda pasar”, agregó.

A su puesto llegó recomendado, como la gran mayoría de cuidadores de carros de Barranquilla, según explicó Noel. Normalmente, alguien trabaja en un espacio por varios años y cuando decide irse, sea por cansancio o porque salió “otro trabajito”, designa a su reemplazo, generalmente una persona de confianza o que también se mueve por la misma zona. Llegar a cuidar vehículos de imprevisto no es una opción, pues los mismos colegas “le protegen la chamba a uno”.

“Si yo no vengo un día o dos, por cualquier circunstancia, y alguien desconocido se quiere apoderar del parqueadero, los mismos compañeros se lo cuidan a uno y hasta le guardan plata. Así toca, porque uno acá no tiene a nadie. Está uno contra los coletos o los carretilleros que se quieran robar algo. Toca estar con las pilas puestas”, contó Noel.

El centro

 En el centro de la ciudad, epicentro comercial de Barranquilla, la disputa por los espacios de parqueo no es solo para los conductores, sino también para las decenas de cuidadores de vehículos que hay en las inmediaciones del Concejo, a las afueras de la Alcaldía vieja, o en las zonas de pequeños locales.

“Es un tema complicado”, reconoció el secretario de Control Urbano y Espacio Público de Barranquilla, Henry Cáceres.

“No existe una regulación o algún apartado del Código de Policía en contra de que estas personas ejerzan esta labor en las calles, por lo que no podemos apartarlos de ahí”, agregó.

“Hemos visto que el número de cuidadores en las calles ha aumentado debido a la crisis migratoria con Venezuela, pero es difícil controlar esta situación porque tendríamos que coordinar con la Policía y ver qué se puede hacer”, señaló el secretario.

A un lado de las calles, en fila india, los vehículos son aparcados por sus dueños, en espacios delimitados por los mismos cuidadores, quienes se han dividido el sector como grandes hacendados en la época de la colonia. Entre las esquinas hay, mínimo, dos de estos vigilantes protegiendo su territorio. Muchos de ellos llevan años de vigilia, viviendo de lo que cada persona decida entregarles.

El promedio de ganancias -explicaron- ronda entre los $30.000 a los $50.000 al día, lo que en promedio serían unos $800.000 al mes, si cuidaran carros solo de lunes a viernes. Si se cuentan domingos y festivos, en donde los cuidadores se asientan fuera de restaurantes o locales comerciales, el valor mensual es mayor. 

Muchos de estos cuidadores realizan su labor en espacio público, en donde los conductores parquean algunas veces para no ingresar a los parqueaderos privados. Estos, punto de atención en las últimas semanas debido al cierre del Teatro-Restaurante Rex por “falta de parqueos”, están ubicados en diferentes zonas de la ciudad, aunque para algunos ciudadanos “no son suficientes”.

Según la Cámara de Comercio, en Barranquilla hay 205 establecimientos de parqueaderos registrados, “muchos de ellos en actividades muy diferentes, dependiendo de los servicios adicionales que ofrecen”, según explicó la entidad a esta casa editorial. De igual manera, algunos registran como  restaurantes, expendio de bebidas, lavaderos de autos, arreglos mecánicos, entre otros.

Así el panorama, los cuidadores de carros siguen “apoderados” de una parte del espacio público de Barranquilla. Muchos por necesidad, otros por costumbre, se dedican a su labor más de ocho horas al día, en búsqueda de ganarse la vida. Bajo el sol y entre los carros se dedican a lo suyo, una labor que genera agradecimientos y rechazo en la misma proporción, pero que sigue ganando adeptos.

“Nadie llega a esto porque quiere, pero cuando no hay trabajo toca. No es que uno quiera dedicarse a esto toda la vida. La cosa es que yo ya tengo 71 años y me tengo que rebuscar de alguna forma. Tengo que comer, no hay de otra”, concluyó ‘Rafa’ Fabregas, mientras se despedía con un apretón de manos y una sonrisa.

Noel Quiroz guía a un conductor sobre la 72.
Noel Quiroz guía a un conductor sobre la 72. Luis Felipe De la Hoz

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