La coqueta, frentera y voluptuosa mujer que se volvió famosa cuando protagonizó un escándalo sexual con agentes de seguridad del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que estuvieron en la pasada Cumbre de Las Américas, en Cartagena, pondrá a la venta a finales de este mes el libro Room Service.
La colombiana Dania Londoño pasó a ser la protagonista de su propia historia y para ello cuenta con el apoyo de la Editorial Santillana.
El libro estará disponible en EU y en algunos almacenes de cadena en Colombia, por contrato.
EL HERALDO presenta en exclusiva un fragmento de uno de los capítulos del libro, el cual promete dar mucho de qué hablar, no solo en Colombia, sino a nivel internacional.
El lector conocerá más sobre Dania, de su vida en San Andrés, de cómo llegó a Cartagena e incluye detalles inéditos de la experiencia que la ubicó en el ojo del huracán.
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"Yo no sospeché que aquel hombre en Tu Candela fuera un agente de seguridad. Ni que sus amigos lo fueran. Nada. Me pude imaginar que era un soldado, pero en realidad ni lo pensé. Se supone que si era un agente tenía que tener sus gafas, su traje negro, camisa, y yo no vi nada de eso.
Y el comportamiento de él tampoco daba para pensar nada especial, era como cualquier hombre. A la larga lo único diferente es que era más bruto, porque si fuera inteligente no hubiera
permitido que ocurriera lo que ocurrió. Y dicen que trabajaba en Inteligencia.
Ahora que lo pienso me viene la idea de que muchas cosas andan mal quizás por eso, porque hoy cualquiera ocupa puestos que no debiera.
Cuando estaba en Dubái veía las noticias de la investigación en el Congreso de Washington y pensaba en haber enredado hasta al Presidente de Estados Unidos. Pues, ¿qué puedo sentir? Yo me dije, siempre he vivido lo que ha ido cruzándose en mi vida, tomando decisiones apresuradas, siempre he sido así, arrebatada. Pero no debe ser malo eso ya que he llegado tan lejos.
Lo que pensé fue: Estoy en la boca de Obama, ¡por Dios!, como prostituta o sea como sea, moví al Servicio Secreto, puse a hablar de mí al director de la cia, al Presidente de Estados Unidos. Y eso a mí me satisfacía. Es que, visto desde ahora, es un orgullo, ¿no?, un orgullo de mujer sencilla, que recibe un reconocimiento al luchar por sus derechos. Porque eso fue lo que hice, luchar por mis derechos, por hacer cumplir un acuerdo que ese señor había hecho.
Pero al principio eso lo que me daba era miedo. Me daba miedo porque pensaba que podían tomar represalias conmigo. Es más, yo en La W dije, como una defensa, que si a mí me llega a pasar algo yo no he dado motivos, soy una persona normal, yo no tengo líos con nadie, líos tienen ellos. Porque yo ahí ya había analizado, ya había estudiado quiénes eran ellos, que son francotiradores, todo eso, y me asusté. ¿Qué tal que venga aquí un hombre y me mate? ¿Quién va a saber quién es? Ese era el miedo, y todavía lo siento.
Aunque no lo parezca, siento mucho miedo. Pero ahora no tanto con ellos, más bien con la gente aquí en Colombia, ahora lo siento, que me tiene mucho odio, mucha rabia por haberme atrevido a reclamar lo mío. Y porque me fue bien. Porque en Colombia lo que hay es mucha envidia. Por eso evito salir, yo me paso aquí días deprimida, paso llorando, pero prefiero estar aquí que corriendo peligro afuera, porque la gente es mala, y como dicen que dañé la imagen de Colombia y de Cartagena, muchos piensan que alguien debe castigarme por eso.
Cuando ocurrió todo esto mi amigo Tony me preguntó un día si me gusta Obama, le dije que no, pero me puse nerviosa y me dio risa, porque es un moreno muy atractivo, muy chévere, me encanta cómo habla, cómo camina. Obama es un hombre que inspira morbo, se le ve como todo un estilo, un hombre que manda, que tiene el poder, y eso excita a cualquier mujer. Pero le dije: Ay, Tony, ¿cómo me vas a hacer esa pregunta a mí? Él es Presidente de Estados Unidos, hasta gratis se lo daría. Y que me diga: Dania, ven, ten algo conmigo y ya no hables más del escándalo con el Servicio Secreto, que me agitas la campaña de la reelección. Me da mucha risa, creo que pasarán años y seguiré teniendo nervios cuando piense en todo esto.
Pero he pasado mucho miedo. Cuando estaba en Dubái, me contó Tony que andaba por Cartagena gente rara entrevistando prostitutas, averiguando cosas entre ellas. Y yo empecé a temblar. No sé por qué, pero temblaba de los pies a la cabeza. Porque en Colombia es tan fácil matar a la gente, y ellos yo sé que matan cuando quieren, y nadie les puede hacer nada. Desde que les metieron aquellos aviones en las torres de Nueva York, ellos tienen permiso para matar donde quieran. Y nadie puede andar preguntando por qué, porque también “lleva”.
Es que corrió un rumor que yo era terrorista, y que había armado un complot. Un abogado me demandó, todavía estoy demandada en la fiscalía de Cartagena por ese abogado, que yo ni sabía que existía. Después de que hablé en La W él salió diciendo que yo tenía un novio árabe, que es mentira, pero dijo que él era mi jefe, no un novio, un jeque árabe decía. Que yo tenía una orden de ese jeque árabe para que destruyera a los agentes de seguridad de Obama, una historia disparatada, que yo les iba a echar algo en los tragos a ellos, y que anduve buscando
dos niñas de Alondra, que es un puteadero de lo más bajo de Cartagena, de lo más bajo que hay. Que yo había buscado dos niñas de ahí y le había ofrecido a cada una cien millones
de pesos para que me ayudaran a hacer ese complot contra los agentes de seguridad de Estados Unidos.
Una locura tan loca que hasta provoca risa. Y eso es lo que me dio al principio, risa, cuando lo veo en Internet. Porque yo me la paso mirando Internet desde que ocurrió esto, y más
pegada estaba cuando me quedé aislada en Dubái. Me he obsesionado con Internet, mirando todo el tiempo el Facebook, viendo ahí todos los disparates de este hombre, ese abogado,
que me había demandado en Estados Unidos, que yo era terrorista, que había prostituido menores de edad. Yo me dije: ¿Esto qué es, un episodio de qué?, ¿qué montaje es este? Y
después de la risa me dio más miedo.
Era tan loco, tan disparatado, pero le daban prensa. Ahí tenía que haber alguien montándome un lío, porque eso sí, si uno hacía los nuditos hasta parecía que tenía sentido. Pero también era ridículo para mí, porque yo sabía lo que había sido todo aquello. Yo peleando por tratar de cobrar mis ochocientos dólares, y les voy a pagar a cada una cien millones de pesos.
Además, ¿cómo iba a saber yo que ellos eran ellos? Se supone que si es la seguridad de Obama estaba allí era de incógnito. ¿Cómo iba a saber yo que ellos iban a ir a esa discoteca?
Era algo ilógico, pero al mismo tiempo es una historia que, si te pones a mirarla, hasta concuerda: Estados Unidos, Dubái, Cartagena…
Al salir de la Embajada de Estados Unidos en Madrid, donde respondí a las preguntas de dos agentes, mi abogado les explicó a los periodistas que yo les había contado a los agentes
del Servicio Secreto de ese país que me interrogaron todas las circunstancias, modo y lugar de los hechos, explicando lo ocurrido en la habitación de un hotel de Cartagena durante la
Cumbre de las Américas, cuando uno de los integrantes del Servicio Secreto no me quiso pagar lo acordado por los servicios sexuales prestados. Y él les informó a los periodistas que
los investigadores no le pusieron ninguna atención a la versión del abogado. Y les dijo que ese abogado representaba a dos prostitutas cartageneras, y me acusó de estar al frente de una
conspiración ideada en un país de los Emiratos Árabes, sin ninguna prueba.
Me encanta lo bien que se expresa mi abogado, cómo sabe poner en orden las cosas, presentarlas, convencer con la forma en que las muestra. Me sorprende. Yo soy de hablar mucho,
pero cuando me encuentro con alguien que piensa bello, que sabe ordenar las cosas cuando las cuenta, lo que más me gusta es quedarme en silencio, escuchando.
Eso de la embajada fueron como cuarenta minutos, algo así. La parte en que hablé con ellos, porque antes hubo una espera, obvio, era la Embajada de los Estados Unidos de América.
Ahí toca esperar, y no ponerse inquieta. Entonces cuando pasamos, Abelardo, mi abogado, me presentó, habló de mí con mucha cortesía, ellos escucharon, y luego empezaron a hacerme
preguntas y a anotar cositas.
Los agentes me preguntaban todo lo que había pasado durante esa noche, y yo les contesté cada pregunta que me hicieron. Ellos no decían nada, no opinaban, en ningún momento
hicieron comentarios sobre la actitud del hombre que no me quiso pagar. Ellos simplemente me preguntaban, eran un hombre y una mujer. Y yo los observaba, mientras hablaba.
Y no dejaba de preguntarme cómo pueden ser tan fríos. Y al mismo tiempo me sorprendía que no fueran nada especial. Y esperaba, como diciendo: Vamos, disparen sus preguntas terribles,
muéstrenme que son quienes se supone que debo imaginar que son ustedes.
Ahí en la embajada me sentí otra vez como cuando me enteré que aquel hombre atractivo, guapo, de pelo cortito, un poco encantador, aunque bajito, era un agente secreto al servicio
del mismísimo señor Presidente de los Estados Unidos. Y me quedó la sensación de que hemos visto demasiado cine, muchas películas, tantas que nos han hecho pensar que es real
algo que no existe.
Me encantó estar en Madrid y volver a ver a mi mamá. Yo tenía mucho tiempo de no verla, y llegar ahí me hizo olvidar de todo lo que estaba pasando. Disfrutar casi un mes con mi mamá fue como un premio, sentirme otra vez la hija, la niña en casa.
Mamá pidió vacaciones en su trabajo, me llevaba a pasear en el carro, a conocer Madrid, los pueblitos cerca, con mi hermano. Comimos tapas, jamones, queso manchego, tomamos vinos muy buenos, Rioja, Ribera del Duero. Me divertí mucho esos días."






































