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Editoriales

El paro cafetero

La huelga de los cafeteros, que comenzó el lunes y ha tenido como componente la toma de las carreteras, se ha tornado caliente y humeante como la antológica bebida que ha hecho a Colombia famosa en el mundo.

Esta huelga ha quedado inscrita en la aversión resuelta que ha desatado en el país, en los sectores rurales como los ganaderos, la suscripción de varios TLC estimados ruinosos para la economía del campo, y también en la polarización política que tiene como principales protagonistas al uribismo y el santismo.

Lo que ha provocado la protesta de los caficultores es que hoy los costos de producir una hectárea del grano superan los precios que ofrece el mercado, a lo que se suman factores como las temporadas invernales y las sempiternas plagas de roya que arrasan las matas de café afectando los bolsillos de quienes se dedican a esta siembra.

El presidente Santos ha dicho que no comparte la protesta porque en lo que va de su gobierno a ese sector de la economía se le ha otorgado un billón de pesos (cerca de 418 millones de euros). El ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, ha expresado que la motivación del paro es presionar un aumento en el precio del grano y dar salida a los inventarios acumulados.

Sin embargo, el Gobierno ha extendido la mano del diálogo a los huelguistas, en aras de hallarle una salida a la problemática planteada. Los ministros del Interior, Fernando Carrillo, y de Agricultura les han manifestado a los líderes del paro que el Gobierno quiere conversar con ellos la situación del sector cafetero. La condición es que desocupen las carreteras bloqueadas.

El drama de los cafeteros comenzó hace unos cinco años, a consecuencia del cambio climático y de los problemas originados en la revaluación de la moneda colombiana, pues al caer el dólar afecta a todos los exportadores. En el caso de los cafeteros, todo el sector está perdiendo, aunque entre ellos hay diferencias de intereses. No es lo mismo el campesino cultivador que el exportador, pero, por efecto dominó, todos están siendo golpeados en mayor o menor medida.

Los cafeteros, que han sido el sector más mimado en la historia de la economía colombiana y que fue durante décadas el eje de la producción basada en el monocultivo, están pidiendo hoy que los salven de la ruina. Claman por mejores precios de sustentación. El diálogo, sin duda, es lo que más conviene en este momento. Desde distintos ámbitos se está pidiendo que ambas partes se sienten a buscarle alternativas a la crisis cafetera.

Se requiere una reforma al sector. Esta debe hacer parte de una política social agraria que conduzca a un reencuentro del país con el campo, abandonado desde hace largo tiempo y azotado en los años más recientes por el recrudecimiento de la violencia guerrillera y paramilitar.

A un sector que ha sido tan emblemático de la economía nacional, el Gobierno tiene que buscarle salidas. Hay que evitar, de paso, que el paro se politice. Ese oportunismo perverso hay que neutralizarlo. Pero los reclamos válidos de los cafeteros hay que atenderlos y darles el trámite debido.

No es fácil la solución, pero el diálogo es lo único que puede facilitar salidas razonables. Tal vez es hora de pensar que ni los subsidios cafeteros ni los de ningún sector deben ser eternos sino temporales. Cada sector de la economía debe tener metas. Demostrar capacidad para modernizarse y adaptarse a las turbulencias del mercado mundial.

 

Imagen de Anónimo