Como retrocediendo el reloj histórico del tiempo a las horas de la peor violencia padecidas en Colombia en los últimos 50 años, las Farc, unidas a otras organizaciones criminales, han hecho sentir su temible presencia a la opinión pública nacional con un execrable atentado dinamitero contra la población nariñense de Tumaco, con un saldo hasta el momento de 11 personas muertas, 75 heridos y más de 200 familias damnificadas.
Además, perpetraron otra acción criminal contra los habitantes de Villarrica, Cauca, y también atentaron contra la población de Cajamarca, Tolima. Todo ello en un lapso de 24 horas.
En el caso de Tumaco, la forma de realizar el ataque causa más horror nacional cuando las fuentes oficiales y los medios de comunicación muestran el dantesco estado en que quedaron no solo los seres humanos terriblemente impactados por el acto terrorista sino también la estación de Policía, las viviendas y los establecimientos comerciales al frente de las cuales se puso la motocicleta-bomba en una hora de gran afluencia poblacional, lo que agrava la villanía de la acción.
El presidente Juan Manuel Santos visitó ayer, conmovido, la zona del fatídico insuceso. Además, un consejo extraordinario de seguridad reunido después del atentado de Tumaco, el cual contó con la participación del ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón; el gobernador de Nariño, Raúl Delgado, y el Comandante de Seguridad Ciudadana de la Policía, general Rodolfo Palomino, y otras autoridades civiles y militares, llegó a considerar que los autores intelectuales y materiales del cruel ataque terrorista pertenecen a una alianza entre las Farc con otras organizaciones al margen de la ley, en retaliación por los operativos que las Fuerzas Militares desarrollan en su contra en esa zona del país.
Diversos analistas coinciden en que los recientes y descabellados actos de barbarie en que participaron las Farc tienen para esta organización tres componentes motivacionales principales. Primero, que dicho atentado se constituye en la segunda gran reacción de venganza de este movimiento subversivo por la eliminación de su máximo dirigente, alias Alfonso Cano, en noviembre del año anterior.
Como se recuerda, el primer gran golpe de efecto de las Farc fue el fusilamiento con tiro de gracia de cuatro indefensos uniformados secuestrados desde hace más de una década en el laberinto de las selvas patrias, hecho acaecido pocas semanas después de la muerte de Cano.
En segunda instancia se estima que, en caso de Tumaco, el atentado es una demostración del acostumbrado estilo violento con que alias Timoleón Jiménez, Timochenko, sucesor de Cano, pone en marcha una escalada de ataques a indefensos pueblos en esa zona estratégica en donde aliados a bandas criminales y narcotraficantes pretenden apoderarse del corredor del Pacífico para conjuntamente desarrollar en esa zona sus operativos delincuenciales y terroristas.
Y la tercera conclusión es que el hecho demuestra que este grupo subversivo retorna a estos extremos de sevicia al sentirse acorralado, fuertemente debilitado y en peligro de extinción ante la seguidilla de golpes asestados en los últimos dos años en especial a los máximos líderes de la cúpula del secretariado de las Farc.
Lo peor es que estos infames actos, que han merecido nacional e internacionalmente los más gruesos calificativos y el repudio de la inmensa mayoría de los compatriotas, se constituyen en un atentado aleve y vil no solo contra las instituciones militares y el gobierno, sino contra una comunidad civil inocente que en su mayoría pone los muertos en medio del combate.
De manera simultánea con estos actos de guerra nuestro país percibe la forma como progresivamente se van extinguiendo las esperanzas de paz y con ellos se mueren unos sueños de libertad y de ilusiones de reencuentro de quienes aún están secuestrados en poder de las Farc con sus seres queridos.
Insistimos en que, ante lo que se percibe como los últimos estertores de esa célula subversiva en el territorio nacional, bien valdría la pena que las Farc modifiquen su obstinada estrategia bélica y en vez de seguir exhibiendo estas criminales expresiones de sanguinaria violencia se manifiesten ante el país con actos que demuestren su voluntad de paz y conciliación, ya sea mediante la entrega de secuestrados y la auténtica búsqueda de la salida negociada a un conflicto que todos ansiamos que llegue a su final.
Pero para ello es necesario que el jefe máximo de las Farc deje de enviar cartas y se ponga al frente de un proceso de negociación seria que les permita a todos los hombres bajo su mando abandonar por siempre y para siempre las armas. Los recientes hechos demuestran, por desgracia, que las Farc siguen empecinadas en la guerra y que los vientos de paz están lejos de soplar por sus huestes.
Hoy más que nunca, independientemente de que se esté o no de acuerdo con ciertas actuaciones del gobierno, los ciudadanos deben ser solidarios con las víctimas y respaldar a sus fuerzas militares y a las autoridades en general.
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