Sí, el que abusa sexualmente de un niño le arranca la vida a ese niño, se la tuerce de manera quizá irremediable.
No es más que un sórdido asesino, y los religiosos católicos holandeses que violaron, entre 1945 y 1981, a unos veinte mil niños, mi hermano, así deberían ser tratados por la ley, por la ley de este mundo, para no hablar de otras instancias celestes, donde los aguarda El Tribunal inexorable, porque como es arriba es abajo, y el que arranca vidas de niños es un genocida para toda la eternidad, que ya comenzó, por cierto. ¿Por qué tiene que ser después de muertos? Eso no tiene ninguna lógica. Si es eternidad, no tuvo comienzo ni tendrá final, luego ya estamos en ella, sin necesidad de intermediarios pedófilos que nos enseñaron las cosas a su acomodo.
¿Que están enfermos, digo, los curitas pedófilos? Todos lo estamos, los nazis también estaban enfermos, pero la enfermedad no es una coartada ni un certificado de atroz impunidad, mucho menos en el caso de hombres que poseen una cultura teológica, que predican desde un púlpito como paradigmas de la moral y las buenas costumbres –será en el infierno, carajo, en un curso de sexualidad que dicta el diablo–, de seres humanos que supuestamente han hecho de la espiritualidad una forma de vida, caramba, y caen por la perversión más rastrera y cobarde, qué pena ajena; Iglesia Católica, abusando de los niños, hey, qué desviación tan patética, carajo, busquen mujeres, busquen hombres, busquen extraterrestres, lo que les plazca, pero niños jamás, los niños son sagrados, la más bella imagen que uno tiene de Jesús es la de un niño en un pesebre, adorado, no, violado, por los tres Reyes Magos, gracias a Dios que no fueron los sacerdotes católicos a visitar al Niño-Dios. Ah, qué vaina con esa perversión, es decir, por esa otra versión de un instinto a la que llevó justamente la bendita represión católica, que relaciona la palabra sexo con “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Y así, allá en la mente, que es demente, se vuelve monstruoso algo tan bello y sano como la sexualidad, dominio de la imaginación y del arte, variado jardín de flores exóticas.
Qué bueno que se sepa, esas cosas no deben permanecer en secreto. No voy a entrar en esa discusión bobísima sobre el celibato sacerdotal, no me interesa ese anacronismo histórico: desde el momento en que abusan sexualmente de un menor, esos hombres dejan de ser sacerdotes y se convierten en delincuentes, psicópatas que utilizan el sexo para matar, y claro que la Iglesia Católica, en este y otros casos, ha sido cómplice del horror contra la infancia, actitud nada cristiana, por cierto: en vez de “la verdad os hará libres”, los curas han ejercido el secreto como una forma de poder, y que se frieguen los niños, que se les maltrate, nosotros tenemos ese privilegio sacerdotal, estamos más allá del bien y del mal, que se frieguen los niños con tal de que la clerecía permanezca dueña del reino de este (in)mundo, que tampoco es de Cristo, como Él mismo declaro.
Cuenta Khalil Gibrán que cada año, en un monte de Galilea, el Jesús de la Iglesia –de cualquier iglesia, cámbiale el nombre: todas mienten, su negocio es mentir– se encuentra con el verdadero Jesús, un hombre moreno, de rostro áspero y judío. Se quedan un largo rato mirando el horizonte, en silencio. Luego, cada uno se va por su lado, pensando para sí mismo: “Nunca estaremos de acuerdo”.
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