“¡Hey, loco, no dispare!”, fue la última frase de Alfredo Correa de Andreis, antes de que un sicario lo asesinara hace exactamente siete años, en la carrera 53 con calle 59. Para sus amigos más cercanos, esas palabras dicen mucho de cómo era él: un humanista inocente “que guardaba la ingenuidad de los niños y la sencillez de los sabios”.
Así lo recuerda la periodista y gestora cultural Zoila Sotomayor. “De Alfredo recuerdo su sonrisa franca, su sentido del humor, su profunda sensibilidad por los más débiles, su discurso ameno y lúcido. Verlo interactuar con colegas y estudiantes era tener el privilegio de acercarse a un ser especial. Su vil asesinato es una herida que nos dolerá por siempre”.
“No es mucho lo que puedo decirte de Alfred, porque la tristeza me embarga”, dijo su entrañable amiga.
Por su parte, el escritor y profesor Ramón Illán Bacca lo describe como “un tipo muy afable, muy agradable, de esas personas que uno sentía que era un buenazo. Una persona cálida, absolutamente maravillosa. Yo lo recuerdo con mucho cariño y mucha tristeza”.
Cuenta que en la Universidad del Norte se veía todo el tiempo con su colega Correa de Andreis. Para él, la muerte de su gran amigo fue un golpe tremendo, producto de “una persecución terrible contra un hombre bueno, quien simplemente estaba cumpliendo con su compromiso, y toda la sombra se desató sobre él”.
“La ausencia de él ha sido una presencia permanente”, anota Bacca, quien lamenta y mira con asombro el estado de descomposición en que está la sociedad.
Las palabras más conmovedoras sobre la muerte del sociólogo las plasmó la profesora Piedad Sánchez Molinares en un poema dedicado al sicario que le dio al ‘vikingo criollo’, como le decían jocosamente al sociólogo por su corpulencia.
La docente se encuentra ahora retirada de la academia debido a una enfermedad. Sin embargo, a pesar de sus problemas de salud, no olvida a quien fue su amigo y colega.
Carta a Uribe. En junio de 2004, tres meses antes de que lo asesinaran, Alfredo Correa, mientras estaba detenido en el DAS en Cartagena, le escribió una carta al entonces presidente Álvaro Uribe, en la que le suplicaba al mandatario que lo ayudara ante la injusticia cometida en su contra.
“Señor Presidente lo que estoy experimentando, el sufrimiento, la humillación, el sometimiento propio y de mi unidad familiar a este tipo de injusticia, a esta privación de la libertad, a una angustia que se dilata en indagatorias. Quedé perplejo, se me liquidó por completo mi capacidad de asombro frente a unos testimonios en mi contra que no sólo riñen con la verdad, sino que parece obra demencial, fuera de toda lógica y razón humana. Señor Presidente en su condición de Jefe de Estado le pido que intervenga para que afirme mi derecho a la libertad”, dice un aparte de la misiva.
Por Víctor Ovalle Gil
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