Mayo 17, 2012 - Actualizado hace 5 minutos
18 de Febrero de 2012 - 10:06 pm

Oro olímpico, un sueño prohibido para la Chechi

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Johnny Hoyos

El sueño de la Chechi Baena es conquistar medalla en Juegos Olímpicos.

Se lleva el índice de la mano derecha al brazo izquierdo, y en un acto propio de estricta profesora, tañe suavemente su reloj llamando la atención de algún párvulo que ha llegado sobre la hora. Cinco en punto de la tarde y todos tienen que estar con el uniforme puesto y montados en los patines, porque la maestra se alista para dar las indicaciones sobre las actividades de la jornada.

Ella quiere que toda la hueste de infantes que adoptó como sus alumnos esté convencida del compromiso que implica la clase.

En el emplazamiento las miradas apuntan a la grácil y estilizada figura de la Chechi Baena, principal motivación para que un centenar de niños pase de largo del colegio hasta el sitio de entrenos en Bogotá, donde la joven campeona enseña, más que a patinar, a ejemplificar la conquista de los sueños.

Puede sonar extraño que con solo 25 años la cartagenera Cecilia Margarita Baena Guzmán, la Chechi, asuma el rol de instructora, más cuando lo lleva ejerciendo desde hace un lustro. Una edad en la que muchos jóvenes apenas están terminando carrera universitaria o dando tumbos porque todavía no escuchan el llamado de su vocación o no identifican cuál es la misión que tienen en la vida.

Su entrenador de siempre, Elías Del Valle, preceptor de varios campeones mundiales, la conoció cuando tenía cuatro años, y la empezó a formar a los cinco. La recuerda como una niña redondita muy estricta en el horario. “Era la primera que llegaba a los entrenamientos, la primera que se ponía los patines, la última que se los quitaba y la última que se iba de la pista”.

Aunque el momento se suponía muy prematuro para saber si el biotipo de la novel patinadora le daba para ser una atleta de alto rendimiento, del Valle sí la auguraba triunfante por su actitud y su disciplina.

Muy temprano, desde el ciclo escolar, la Chechi se tomó en serio lo que anhelaba, en vista de que el patinaje era una materia tan importante como las matemáticas o el español, una asignatura que no se aprobaba solo con buenas calificaciones, sino con triunfos.

Entonces, hizo la tarea juiciosa y asombrosamente rápido, siguiendo todo el proceso, desde juegos intercolegiales, hasta formar parte de la selección nacional. Primero en la juvenil y luego en la de mayores, era cuestión de enfundarse en el uniforme oficial para empezar a dorarse en la gloria.

Barrancabermeja, ciudad santandereana, fue el escenario donde la niña prodigio del patinaje, con escasos 13 años, consiguió su primer título mundial. Línea de partida, la Chechi se persigna, y quinientos metros adelante, la consagración; le bastó menos de un minuto para conseguir la hazaña. El primer gran objetivo de la Chechi estaba cumplido: campeona juvenil en una de las múltiples modalidades de la disciplina.

Desde la tribuna la acompañaba Ruth Guzmán, su madre y mentora; y desde una cabina radial, Eugenio Baena, su padre, el locutor al que por obvias razones la emoción le impedía narrar con rigurosidad. Por eso, él alguna vez confesó que prefería apartarse de los micrófonos siempre que su hija estuviera compitiendo, para poder convertirse en un orgulloso y exultante aficionado.

Al término de dichas justas la Chechi había subido en cuatro ocasiones a lo más alto del podio y dos más al escalón siguiente como subcampeona. Hubieran sido más medallas, como lo señala Elías Del Valle, de no ser por el descuido de un delegado que olvidó el número que debía portar la Chechi en la prueba de los 300 metros.

La Chechi encabezó a partir del 2000 una legión de eximios patinadores por la que al fin a Colombia se le empezaba a calificar como potencia en algo verdaderamente noble.

La Chechi nunca pensó en perder ni en renunciar a sus objetivos, ni aún con el fallecimiento de su progenitora en mayo del 2001; cómo renunciar al patinaje cuando fue precisamente Ruth Guzmán la persona que la encauzó por las rutas y los circuitos del triunfo.

Superado el duelo, la cartagenera entendió que muchos deseos faltaban por alcanzar y que su madre siempre iba a estar acompañándola, como su más fiel fanática, como sombra del amor. Nada ni nadie ha detenido a la Chechi. No fue Jessica Smith en una prueba doméstica de Estados Unidos por allá en 1998, tampoco lo fueron Valentina Belloni y Andrea González en la vibrante final de los 500 metros ruta en el mundial del 2004 celebrado en Italia.

Sus poderosas piernas son su motor, la sed de gloria su motivación y el amor por su madre una fuerza inmarcesible, virtudes y estímulos que la han llevado a la vanguardia en los campeonatos mundiales de Colombia, Francia, Bélgica, Venezuela, Italia y Corea, lugares en los que acumuló las 23 medallas ganadas que su padre custodia celosamente en Cartagena.

Solo hay un sueño que ella ve casi imposible de alcanzar: la medalla olímpica. El sueño que alienta a cualquier deportista nacido para vencer. Un sueño esfumado por la intransigencia de los directivos del Comité Olímpico Internacional, indóciles a que en la máxima competición se incluya el patinaje de carreras, a pesar de que en la actualidad es practicado en más de cincuenta países como Estados Unidos, Italia, Argentina y, por supuesto, Colombia. Antes, se prohibía patinar en las olimpiadas de verano porque el deporte era muy nuevo, o porque no lo ejercían cierto de número de naciones. Ahora, no hay excusa para la negativa, es simple burocracia de los dirigentes deportivos.

La Chechi explica que, en procura de ese anhelo, no hace mucho estudió la posibilidad de pasarse al patinaje sobre hielo para intentar competir en los olímpicos de invierno. Un proyecto que resulta muy complejo cuando hay que buscar escenarios propicios para entrenar fuera de Colombia, abogar por la creación de una federación nacional o tomar la decisión de nacionalizarse en un país que practique tal deporte. Esto último ni siquiera lo contempló, no tendría sentido participar por otra república distinta para una abnegada deportista que ama a su país y que se siente plenamente correspondida.

Este es año de olimpiadas, Londres 2012, y la Chechi confiesa que siempre vio lejana la posibilidad de competir en los máximos juegos. Ella intuye razones políticas para que el COI mantenga excluido al patinaje, Elías Del Valle considera que es por la falta de un buen sponsor, pero un aficionado común atribuiría la negativa a cuestiones de rosca, desidia o negligencia.

Río de Janeiro 2016, ni muy probablemente en el frío de Sochi 2014 o de Pyeongchang 2018. El mundo se privó de ver a la pequeña maravilla y a muchos de sus coequiperos colgarse el codiciado oro.

Pero la Chechi Baena no deja de soñar. Exhala un suspiro, detiene su relato, mira a los niños que entrenan bajo la coordinación de su hermano Juan Carlos, grita una indicación: “la cola Luisa, la cola”. Sonríe cuando piensa en Sofía y Gabriela, dos de sus alumnas más chiquitas y no descarta que algún día ellas reivindiquen su ilusión frustrada de competir en la olimpiada.

Al fin y al cabo, se matricularon en la academia de patinaje porque quieren ser como la Chechi Baena. Y ella, sabe que también sigue en competencia, toma impulso, los patines rugen y en cuestión de segundos, se pierde rumbo hacia las pistas de entrenamiento de El Salitre.

Mientras las ruedas marcan huella en el asfalto viene al imaginario la contrariedad porque culpas ajenas han impedido el máximo ideal de la campeona y porque otros deportes de alegrías tibias para Colombia gocen de todas las ventajas y cuenten con practicantes limitados. La Chechi pasó fugaz y dominante, tan rápido, que los miembros del Comité Olímpico dilapidaron la oportunidad para que todo el planeta la viera traspasar, de primera, la línea de meta.

Por César Muñoz Vargas
Twitter: @Sde177segundos
Especial para EL HERALDO

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