Cuando se produce un robo, la pérdida es mucho más que material. Relato con pulso de escritora.
Apreciados señores,
Nunca he sido una persona apegada a lo material. Quienes me conocen confirmarán que mi mayor alegría es siempre dar y compartir en la medida de mis posibilidades. Salí de mi país en busca de mejores oportunidades profesionales y las encontré en el lugar que con orgullo llamo mi segunda patria, y que amo y respeto tanto como la que me vio nacer.
Trabajo muy duro y honestamente para obtener las cosas que quiero, incluidos esos aparaticos electrónicos, e invariablemente gasto mis escasas vacaciones en regresar a mi ciudad por un sentimiento aún más profundo que la nostalgia. Tan profundo que encontré en la escritura y la fotografía la manera de expresarlo, de hacer de mis recuerdos amarillentos algo tangible que pudiera compartir con el mundo entero, sin importar el idioma, que me permitiera acercar al planeta a este pequeño punto bendecido por las aguas de río y mar y por el espíritu incansable de la gente más alegre que he encontrado en mi corta vida.
El sábado pasado, a eso de las 10 y media de la noche, ustedes encontraron un ‘papayazo’ caído del cielo, en un vehículo parqueado había un simple maletín negro de contenido desconocido, pero lo suficientemente tentador para romper el vidrio y sustraerlo. Me imagino la celebración y los gritos de júbilo al ver que contenía varios artículos electrónicos de última generación, una algarabía al ver la provisión para un mes de una variedad de medicamentos controlados que requiero por motivos de salud y algo de extrañeza al encontrar unos cuadernos infantiles llenos de garabatos y frases sin sentido.
El computador que tienen en sus manos tal vez les represente los fondos para una noche de juerga, pero para mí significa tres años de trasnochos, viajes, conversaciones, investigaciones y remembranzas de esta ciudad. Significa el sueño que poco a poco iba tomando forma de libro e iba involucrando personas que empecé llamando amigos y hoy son familia, pero sobre todo significa la realización de la frase que dice “no preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país”. Los cuadernos seguramente no les dirán nada útil, puesto que solo responden al código de mi imaginación, y la carta doblada en el libro de Isabel Allende es un tesoro irremplazable cuya pérdida no superaré nunca.
Mis sueños son el legado que iba a dejar a mis conciudadanos, el estandarte que planeaba llevar alrededor del mundo y tal vez más allá mostrando la cara más amable de Curramba. Cuando por fin di el salto de quejarme de lo que está mal en nuestra ciudad y decidí hacer un aporte, así fuera mínimo, para contribuir a un cambio positivo, mi impulso fue frenado y lacerado con los vidrios rotos del carro en el que iba al aeropuerto, llena de material a editar y con el firme propósito de no dejar pasar estos carnavales sin tener en mis manos el fruto de mis anhelos.
Los escritores dicen que lo más duro del oficio es enfrentar una hoja en blanco, yo pienso que es más jodido no tener la hoja ni siquiera y no tener la esperanza de recuperarla. No solo se han llevado ustedes mi trabajo intelectual, también se han llevado mi trabajo físico al privarme de los documentos necesarios para regresar a mi otro hogar y continuar trabajando para poder volver.
La empresa que me emplea no puede detener su actividad porque yo no estoy físicamente en la oficina haciendo mi trabajo, de manera que gracias a su acción, pasaré a engrosar las estadísticas del desempleo, probablemente tenga problemas con el dueño del apartamento donde vivo al fallarle con el arriendo del próximo mes y se me iniciará un proceso de lanzamiento en el cual las víctimas serán cuatro gaticos inocentes, que terminarán en un albergue que los sacrificará al no encontrar quien los adopte (son un poco necios, como la dueña). Espero que piensen en esto mientras disfrutan, en la medida que su conciencia se los permita, de mis escasos bienes materiales.
Por Ana Paula Cuervo
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