Guardo en mi memoria la noche en que conocí a Carmen Díaz, esposa de Emiliano Zuleta Baquero y mamá de los hermanos Zuleta, como uno de los sucesos más divertidos de mi vida profesional. Sucedió a mediados de 1999. Fui a su casa en Valledupar guiado por mi colega y amiga Griselda Gómez.
Quería hablar con doña Carmen para que me contara su versión del Viejo Mile, quien le compuso a ella por lo menos una docena de canciones. En aquel momento tenía 79 años. Seguía siendo altiva, garbosa. Irradiaba una energía especial. En cuanto llegué me dijo, medio en broma y medio en serio:
— Ay, mijo, yo no sé por qué a los periodistas se les da por venir a conocerme es ahora que estoy vieja. Hubieras venido 40 años atrás, pa’ que vieras tú lo que era una penca de mujé.
De ese modo me dio la oportunidad de hacerle un cumplido. Le dije que era una de las mujeres más hermosas que había visto. Doña Carmen sonrió con vanidad, pero casi al instante me dejó en claro que ella estaba muy vieja para que yo fuera a su propia casa a engañarla con piropos falsos. ¿Acaso ella estaba ciega como para no verse en el espejo? No, señor: la edad es lo peor, y por eso su santa madre le decía que la vejez es una enfermedad. Entonces, sofrenado por su regaño, le di la vuelta a mi elogio: le advertí que si la hubiera visto cuarenta años atrás, cuando era “una penca de mujé”, seguramente me hubiera enamorado de ella.
Sus ojos relampaguearon con una vanidad de abuela que jamás olvidaré. Y en ese momento fue realmente, aunque ella se empecinara en decir lo contrario, la mujer más bella del planeta.
— ¿Sabe una cosa, mijo? – dijo, con su voz grave de fumadora empedernida. Yo siempre tuve una fama de bonita que no me merecía. La verdad es que yo nunca fui bonita, pero engreída sí era, y artista pa’ caminar. Yo me ponía las manos aquí –en este punto colocó las dos manos abiertas a la altura del pecho– y empezaba a caminar con una artistería que ni le cuento. Mejor dicho, yo sentía que la calle me quedaba chiquita.
Un hecho paradójico que se quedó en mi memoria fue el siguiente: doña Carmen se había pasado casi toda la velada hablándome mal del viejo Mile: que era irresponsable, que era sinvergüenza, que ella lo aborreció. De pronto, casi al final de nuestro diálogo, me soltó una pregunta inesperada.
— Bueno, y usted que lleva varios días viéndose con Emiliano, ¿no le ha tomado fotos?
Le respondí que sí y añadí que incluso tenía en mi maletín varias de las fotos que le había tomado durante nuestros encuentros. Entonces me pidió que se las mostrara. En la primera fotografía que por azar cayó en sus manos, el viejo Mile aparecía con los ojos cerrados, acaso por el encandilamiento del flash. Doña Carmen hizo una expresión de disgusto y entonces me lanzó aquel latigazo inolvidable, que me hace pensar que las musas también pueden glorificar a sus autores.
— Ni se le vaya a ocurrir publicar esa foto.
— ¿Por qué?
— Porque en esa foto Emiliano quedó maluco y él es lindo.
Por Alberto Salcedo Ramos
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