Mayo 17, 2012 - Actualizado hace un minuto
29 de Enero de 2011 - 07:58 pm

Santos y milagros

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¿Se acuerdan de Hechizada?
 

¿Aquella bella mujer de facciones angelicales y nariz respingada que con un solo gesto podía desaparecer a todo aquello que le perturbaba?
 

¿Y de su madre?
 

¿La bruja que, como para variar, cada vez que se disgustaba con su yerno, lo convertía en sapo?
 

Pues bien, hoy me acordé de ellas, cuando el periodista Julián Alzamora me hizo saber que ni él, ni Jaime Gómez Aristizábal habían sido invitados a conocer el renovado centro histórico de Guayaquil. Pero en cambio, un nutrido grupo de “sapos” habían aprovechado para hacer “turismo gubernamental”.
 

“Así es”- argumentó el cachaco Espinoza, “cargados de maletas y esperanzas, se marcharon al Ecuador para conocer de cerca un tal “milagro”, que como por arte de magia desapareció de un tajo la economía informal en esa ciudad.”
 

¡Carachas! –Exclamó el mismo Espinoza- al ver la numerosa comisión, carente de urbanistas, sociólogos o estudiosos del tema en cuestión.
 

“Milagros solo hacen los santos” -presagiaba mi madre- cada vez que sin estudiar, nos presentábamos al examen de matemáticas del profesor Herrera, con el sublime descaro de encomendarnos a Dios.
 

Pero bueno, a decir verdad, debo confesar que mi despiste me hizo pensar que Milagros era el nombre de la esbelta y agraciada concejal guayaquileña que visitó hace pocos días nuestra ciudad; dueña- al decir del arquitecto Libardo Chávez- de una belleza y personalidad, que envidiarían muchos de los obesos parlamentarios de nuestra región.
 

Pero no. Para mal de todos, no es así. Por eso ahora, complemento este artículo contándoles que conocí Guayaquil antes de su recuperación urbana, y tuve la sensación de haber visitado la ciudad más parecida a Barranquilla. Su cercanía a la desembocadura del mar, el río Guayas (que es como estar viendo el Magdalena) y su clima, aportan mucho a esa similitud. Sin embargo, su estructura urbana y su patrimonio han sido respetados con mayor entereza. Los edificios históricos aún conservan sus portales que generosamente resguardan al peatón del inclemente sol, la lluvia y el fuerte calor. El río Guayas nunca ha sido negado a la colectividad, y un plan de política nacional permitió que todo el país le aportara al propósito de convertir la histórica ciudad (la del memorable encuentro entre Bolívar y San Martín) en una referencia turística internacional.
 

Por eso ahora, cuando me encuentro con la arquitecta ecuatoriana Susana Salazar y con la poetisa Dina Luz Pardo, me complace escuchar sus elocuentes referencias y apreciaciones. Sobre todo, cuando me reafirman que a pesar de las innecesarias comparaciones, nuestro centro histórico (a pesar de sus dificultades) tiene una dinámica comercial con mayores potencialidades. Y que sin duda sus 400.000 metros cuadrados de edificaciones desocupadas – podrían formar parte de un masivo plan de vivienda que permita hacer entender a los urbanizadores de las laderas como Campo Alegre y otras – solo le traen dificultades al Estado y a los incautos moradores.
 

Pero además, el reto está en entender que fenómenos como el comercio informal, el mototaxismo y el desempleo en general, son consecuencias de una problemática estructural mayor, que en un país como el nuestro (con tanta diversidad de riquezas naturales y extensas tierras baldías) le resultaría difícil comprender a un japonés o a un habitante de la pequeña Holanda.
 

Así pues, al decir de algunos expertos de América Latina, en nuestros centros históricos convive la riqueza cultural más importante de nuestras identidades con la pobreza más arraigada y anárquica de la informalidad y el abandono. Por eso, concluyen con frecuencia que, más que estudios y visitas de expertos, le hace mucha más falta blindarlos de la politiquería, el clientelismo y la corrupción. O en su defecto, pedirle a Hechizada que con un movimiento de su nariz, nos haga el favorcito de mandar por un buen rato a vacacionar en la Conchinchina, a los inmunes traficantes electorales que pululan por el sector.
 

Algo más: como un balde de agua fría por la espalda, nos cayó la noticia del accidente ocurrido en París donde falleció la amiga Irasema Pantoja y dos de sus hijos.
 

Ella y su esposo, el conde La Fayette, nos acompañaron con su fundación en la recuperación de la Plaza de Bolívar. Inmensas condolencias para sus familiares.
ignacioconsuegra@hotmail.com

Por Ignacio Consuegra B.

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